Formación de abogados en el limbo

Formación de abogados en el limbo

En estos programas se hace necesario más competencias y menos memorización. La carrera de Derecho en el Externado no puede seguir teniendo las mismas materias y contenidos de hace décadas. Algo tiene que cambiar.

Por: Carlos Fernando Guerrero.
Graduado de la Facultad de Derecho de la Universidad Externado de Colombia.
Carlos Fernando Guerrero, graduado de la Facultad de Derecho de la Universidad Externado de Colombia.

Las dificultades de juristas recién egresados y algunos con varios años de trabajo para resolver problemas reales y proponer verdaderos cambios son evidentes; los reclamos de potenciales empleadores y destinatarios de los servicios jurídicos así lo demuestran.

Si en los primeros años de vida profesional un abogado no cuenta con una buena escuela o un buen mentor, su éxito profesional estará en entredicho. ¿Por qué pasa esto? ¿Acaso la Universidad no brinda las herramientas suficientes para que un abogado sea un buen profesional? Parece que no.

Aún hoy, el pregrado de Derecho la memorización y la repetición; la máxima calificación se asegura si se repite lo dicho en clase, incluyendo la puntuación del docente. En esa formación básica, el debate y la argumentación todavía son excepcionales. Esto explica las dificultades mencionadas: los abogados son simple reflejo de la educación recibida. No es posible que el pregrado de Derecho, como el externadista, tenga las mismas asignaturas, contenidos y metodologías de hace varias décadas; el sentido común dice que algo debe cambiar.

La construcción de la respectiva reforma debe ser profunda, relativamente pausada y con participación de personas de distintos perfiles. Desde estas páginas solo se pueden indicar algunas ideas que han surgido con el paso de los años, a partir de la reflexión personal y la socialización.

Para empezar, si bien no se pueden dejar al lado las lecciones de ciertos conceptos fundamentales, debe enfatizarse la adquisición y perfeccionamiento de competencias: argumentación, oralidad, redacción, entre otros. También esa educación debe ser más transversal e integral, es decir, no se puede seguir fraccionando a la minucia el Derecho ni aislando al abogado de otras áreas del conocimiento: los problemas que afronta este profesional no son solo de Derecho Penal o Comercial, ni mucho menos son solo jurídicos, por lo tanto la educación del jurista no debe ser como si las situaciones reales fueran limitadas a una rama del Derecho y sin relación con temas de economía, matemáticas, finanzas, etc.

Por supuesto, no puede olvidarse la presencia de la tecnología en esa formación, no simplemente con presentaciones hechas en computadoras para hacer más vistosas las clases o usando los celulares para fotografiar los tableros de los profesores, sino comprendiendo el impacto que la tecnología tiene en el ejercicio del Derecho y su uso para resolver los problemas de la justicia; inclusive, hay que aceptar que la tecnología hará muy pronto -sino es que ya lo hace- lo que los abogados tradicionalmente hacemos. Esto obliga a preparar abogados que entiendan la tecnología en todo su potencial y que la utilicen más allá de simples carteleras digitales o máquinas de escribir mejoradas.

Ojalá la vanidad y el sectarismo no impidan los cambios. Es irónico que los discursos de libertad invitan a generar cambios, pero las mismas palabras se utilizan para solo escuchar o a quien acomoda con cierto tipo de libertad o cierto grupo que defiende algunas ideas. Ojalá la libertad nos haga sensatos y que los futuros juristas cuenten con herramientas de verdadera libertad y no solo las que ofrecen quienes se empecinan es seguir ‘tradiciones’ académicas.

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