La batalla de las ideas

Con este nuevo editorial EL RADICAL inicia su edición conmemorativa en honor al Dr. Fernando Hinestrosa. Reflexiones sobre la educación laica, antes y ahora.

La batalla de las ideas
… la ciencia enmudeció y la ignorancia más profunda se apoderó de todos
Tomás O. Eastman.

La historia de la Universidad Externado de Colombia se encuentra profundamente entrelazada con el proceso de consolidación del derecho a la libertad de cultos y de la educación laica en el país. Es más, la existencia de este centro de estudios se debe a la lucha de hombres públicos -y por supuesto, aunque menos recordada pero incluso igual de significante, la que adelantaban las mujeres en la representativa privacidad del hogar- para lograr que la extenuante influencia de la Iglesia Católica no se atravesara en la consolidación de un Estado moderno. Aunque el espectro de autoridad era amplio y el catolicismo inundaba todos los estamentos y rincones de la incipiente sociedad del siglo XIX, la lucha por el monopolio sobre la educación era sin duda alguna la más importante.

Fue principalmente a través de las misiones religiosas encaminadas a educar y evangelizar a la población, que la Iglesia Católica afianzó su poder ante las masas como mejor sabe hacerlo: a través de la imposición de sus dogmas. La educación religiosa asegura la más eficiente metodología para mantener un credo: impartir las creencias como si fuesen el dicho de la verdad, irrefutables e indiscutibles. Así se logra confundir el sistema de valores religiosos con la ‘ciencia’ y el ‘conocimiento’. Por estos motivos, la lucha sobre la educación fue -y los hechos demuestran que continúa siendo- un asunto esencial sobre los alcances de un Estado verdaderamente laico.

Imagen tomada de Flicker

Conscientes de la importancia de este proyecto, sus fundadores erigieron al Externado de Colombia como un centro de reflexión académica en torno a estos temas y en general alrededor de la importancia de una educación tolerante para el desarrollo individual de los ciudadanos y ciudadanas y para el progreso común de toda la sociedad. Siendo este proyecto una revolución en si misma, la existencia y permanencia en el tiempo de la Universidad Externado de Colombia demostró que sí era posible impartir conocimiento sin la venia de ‘Dios’. Las reflexiones que se han originado en esta casa de estudios y la labor pública de quienes han compartido sus aulas, cambiaron para siempre la inconclusa lucha por la educación laica en Colombia. EL RADICAL, hace honor a su nombre y presenta a toda la comunidad externadista este corto relato sobre la importancia de esa lucha y los retos que nos dejó para el futuro.

En el año de 1863 se suscribió la Constitución Política de los Estados Unidos de Colombia, conocida también como la Constitución de Rionegro, y destinada al fracaso por no reflejar el sentir de una poderosa mayoría de la clase política a la que le faltaba visión para aceptar el Estado laico y federalista que en ella se concibió. Este texto constitucional consagró en su artículo 15 el derecho a “la profesión libre, pública o privada, de cualquier religión”, hecho revolucionario que por supuesto atentaba contra la soberanía que ejercía la Iglesia Católica en Colombia. Aun así, tímidamente, esta Constitución también recogía los deseos de algunas corrientes liberales para que la educación fuese asumida por el Estado en lugar del clero. Así fue como siete años después, el Decreto Orgánico de noviembre de 1870 fue el primer intento en Colombia de establecer un Sistema Nacional de Educación laica obligatoria.

El reto que se desprendía de la materialización de esta carta política y la división interna del partido liberal en el poder, abrió el paso para un retroceso enmascarado de progreso, llamado la ‘Regeneración’. Rafael Núñez trajo consigo el movimiento del “autoritarismo progresista” que surgía en América Latina, ideología que pretendía disfrazar la dictadura como la receta única del desarrollo, enfermedad que aun hoy no hemos podido erradicar en esta parte del continente.

En cabeza de Núñez el naciente Estado colombiano pronto retornó a sus orígenes clericales y consagró en el artículo 41 de la Constitución de 1886 “la educación pública será organizada y dirigida en concordancia con la Religión Católica”. Para dar alcance a esta, entre muchas otras disposiciones, el Gobierno suscribió el Concordato con el Vaticano, con el que la Iglesia arrodilló a Núñez, perdonándole el “pecado” de haber contraído matrimonio por el rito civil cuando aún no había muerto su primera esposa. El articulado del Concordato condujo al restablecimiento de la Iglesia Católica como estandarte para la educación pública: “en las universidades y colegios, en las escuelas y demás centros de enseñanza, la educación e instrucción pública se organizará y dirigirá en conformidad con los dogmas y la moral de la Religión Católica”. Este dictado señalaba que era el Arzobispo de Bogotá el encargado de designar los libros de enseñanza, entre muchos otros preceptos que entregaban a esta congregación el poder irrestricto sobre el proceso de formación de los colombianos y colombianas del siglo XIX.

Este cambio derivó en la inmediata expulsión de varios centros educativos de los profesores y estudiantes que militaban en el radicalismo liberal o que hubiesen expresado su acuerdo con la educación laica que se intentó establecer con la Constitución de Rionegro. Principalmente las Universidades del Rosario y Nacional – sí, quién lo creyera – desterraron a sus más brillantes mentes para seguir el mandato que ahora se imponía desde el Ejecutivo.

Entre aquellos hombres injustamente excluidos se encontraba Nicolás Pinzón Warlosten, brillante y joven abogado, egresado de la Universidad Nacional. Contar la historia de este valiente santandereano, sin duda alguna revolucionario a través de las ideas que logró difundir, es también revelar los cimientos que hoy en día determinan a la Universidad Externado de Colombia. Nicolás Pinzón, aunque pacifista por excelencia, se vio obligado a participar en las guerras civiles que tomaron lugar en aquella época y, tras un periodo en la cárcel, comprendió que la fuerza de las ideas era la más poderosa arma que pudiese empuñar. Por ese motivo, concentró sus esfuerzos y utilizó su experiencia como abogado y periodista para impulsar un proyecto educativo que cambiaría la cara de la academia colombiana.

Junto con Pinzón, varios hombres ‘sabios’ de la época emprendieron la épica tarea de forjar una nueva institución de educación universitaria donde no se impusieran los dogmas católicos y se respetaran las libertades individuales. Consta en diversos documentos fundacionales el espíritu liberal que inspiró la creación del Externado y la seriedad del proyecto epistemológico que proponía. Su nombre, ‘El Externado’, respondía a otra atrevida propuesta del centro de estudios, pues era el primero en Colombia que no utilizaba el modelo medieval del internado que exigía a los estudiantes vivir en la Universidad. Esta innovación, además de implicar un cambio operacional en la educación profesional, era también una trasformación de la concepción que existía sobre la educación universitaria: eliminar la estructura del internado era aceptar que la educación debía partir de la libre voluntad e interés del individuo quien, impulsado por sus propios deseos, buscaba el conocimiento para ser libre.

La primera etapa del Externado permitió vislumbrar la importancia que tendría para las reflexiones de carácter nacional. Como se estableció en el primer reglamento de la Universidad, para obtener el grado era obligatorio presentar una monografía final. En estos primeros documentos se evidenció la revolución ideológica que se gestaba en el Externado, siempre concentrada en impulsar la laicidad como valor fundamental para el Estado y el sistema jurídico colombiano. La primera tesis defendida en la Universidad, en el año de 1886, fue titulada “Esfera de Acción del Gobierno”, por Tomás O. Eastman. En este escrito, para optar por el título de doctor en jurisprudencia, Eastman presentó una magnífica defensa del Estado liberal no intervencionista cuya misión esencial es proteger a toda costa el ejercicio de las libertades individuales. En esta reflexión el graduando criticó severamente el rol que jugó la Iglesia Católica en la “muerte de España” pues consideró que

“el Santo Oficio opuso el poder eclesiástico y el secular, las preocupaciones del pueblo, la hoguera y el tormento a todo lo que no se conformaba con las repugnantes supercherías que por religión tenían los españoles de ese tiempo: ¿quién tendrá valor suficiente para investigar, o escribir, cuando el menor descuido, por inocente que fuera, podía ser causa de que lo quemaran vivo? El resultado fue que el pensamiento tuvo que abstenerse de obrar o dirigirse a lo místico, la ciencia enmudeció y la ignorancia más profunda se apoderó de todos”.

A su vez, Ignacio V. Espinosa en el año 1887, defendió su tesis para obtener el título de doctor en jurisprudencia y la tituló “El Matrimonio”. En este documento, Espinosa realizó un avanzado estudio sociológico sobre la figura del matrimonio y concluyó que esta es una invención social que no resulta ‘natural’ para las personas, afirmación que incluso hoy en día sacude a los más fervorosos. Adicionalmente, concluyó su presentación con una defensa a ultranza del divorcio, descartando de manera juiciosa y efectiva los argumentos religiosos que se erigían en contra de esta institución.

Más adelante en el año de 1893 se presentó la tesis titulada “De la pena de muerte” y defendida por Blas Viñas Paniza para hacerse acreedor al título de Doctor en Jurisprudencia. En esta ocasión Viñas realizó una lapidaria crítica a la pena de muerte, figura que por supuesto respondía a la figura del Estado confesional que instauró la dictadura de Núñez. El estudiante presentó una avanzada y sofisticada defensa de su posición, y argumentó: “la sociedad no tiene derecho para imponer la pena de muerte, porque los derechos de ellos no son sino el resultado de los derechos individuales, y no teniendo el individuo ninguno para destruir su existencia, tampoco puede tenerlo la sociedad”.

Como estas podríamos enlistar y describir cada una de las monografías que fueron presentadas por las primeras generaciones de externadistas, todas de diversas disciplinas y perspectivas pero comunes en sus esfuerzos por enfrentarse a los dogmas católicos con la fuerza indiscutible de las ideas trabajadas y puestas a prueba.

Esta primera etapa del Externado se vio truncada por las perturbaciones propias de intentar impulsar una revolución educativa bajo los ojos de un Gobierno dictatorial y clerical. Fue así como la turbulencia propia de estas épocas conservadoras y las guerras civiles que ellas suscitaron, condujo al cierre de la Universidad Externado de Colombia.

Aun así, tal como el liberalismo segregado de los centros universitarios capitalinos dio lugar a la creación del Externado en 1886, el movimiento comunista que cobraba vigencia mundial en 1918 permitió su reapertura. El renacer del liberalismo se dio, pues se entendía como una versión moderada del nuevo concepto de Estado comunista que se implantaba en Europa. Esto, junto con el fracaso de la ‘Regeneración’ y el crecimiento de la clase obrera colombiana deseosa de profesionalizarse, permitió que se dieran las condiciones para que el Externado iniciara nuevamente su proyecto de educación secular.

Desde ese entonces el Externado ha sido el bastión de la libertad de cultos y educación laica en Colombia. Durante la turbulenta época de la Violencia de los años 50 del siglo pasado, fue refugio de miles de liberales objeto de la persecución conservadora. En su crecimiento como centro educativo nunca se alejó de los principios que inspiraron su fundación y de ello por supuesto se encargaron sus rectores, quienes nunca abandonaron los cimientos ideológicos que dieron pie a este proyecto.

Este relato, más que invitarnos a admirar la hazaña de Nicolás Pinzón y quienes lo sucedieron en la rectoría, nos debe conducir a cuestionar el estado actual de la educación laica en Colombia y el papel de la Universidad Externado en este proyecto interminable. Por un lado, el lamentable estado actual del partido liberal deja mucho que desear frente a estos prohombres que, ante la dictadura conservadora, escogieron fundar un proyecto que revolucionaría la educación universitaria en Colombia. Hoy en día de ese partido no resta nada, pequeños burócratas empeñados en vender su alma al mejor postor.

Aunque la Constitución de 1991 fue un triunfo para el objetivo de la educación laica en Colombia, esa victoria se dio en el plano de lo formal, pues su materialización aun está en veremos. Considerar que la Constitución consagró un Estado laico y que, por tanto, el trabajo está completo, es un profundo error, pues hechos recientes demuestran que los colmillos violentos de la Regeneración continúan siendo una amenaza. En efecto, en otras épocas, otros liberales seguramente habrían protestado por lo que ocurrió recientemente en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, en el que su Ministra de Educación, Cecilia María Vélez – paradójicamente hoy rectora de una universidad privada – reimplantó en contra de la Constitución del 91, la educación religiosa obligatoria en los colegios públicos, lo cual por supuesto es un primer paso para desconocer la noción laica y no confesional de nuestro Estado. Pero los tiempos han cambiado y cada día más recibimos señales de la intolerancia empeñada en que las cosas vuelvan al oscurantismo de la Regeneración y de un Iglesia entrometida en los asuntos de Estado.

Estos entre muchos otros retos, que hacen parte de asumir el legado externadista, pende de cómo cada uno de nosotros enfrente la neointolerencia que se ha instaurado en nuestro país. Ello es un reto para una universidad que como el Externado, no nació como un centro educativo al servicio del poder o como intérprete de los gobiernos. Todo lo contrario. Nació de las cenizas de la batalla de la “Humareda” donde las armas conservadoras silenciaron al liberalismo y a las ideas, para luego imponer la Constitución de 1886 y de su mano la más oprobiosa dictadura confesional que se prolongó hasta 1930. El Externado del tercer milenio es una universidad inmensa en todo, firme en su convicción de “educar para la libertad”, lo que implica sacrificios pero también alegrías. Los externadistas tienen aprendido que para ser independientes sobre todo hay que saberlo ser del Gobierno y los poderosos de turno, todos efímeros, mientras la Universidad conserva su sitio en la historia. Pobres aquellos que creen que el éxito es estar cerca del incienso oficial.

El rector Juan Carlos Henao, sabe que no sólo lo vigilan los ojos de su tiempo y de sus contemporáneos, sino que también lo escrutarán quienes hayan de sucedernos. También está consciente de que la mejor forma de rendir honor a quienes nos precedieron en este proyecto libertario es nunca dejarlo morir, ¿estamos dispuestos a dar esta batalla de las ideas?

 

Referencias bibliográficas

  • DE GREIFF OBREGÓN, Luis. Semblanzas y Comentarios. Ediciones Autores Antioqueños. Medellín. 1985.
  • RODRÍGUEZ CRUZ, Agueda María. Historia de las Universidades Hispanoamericanas. Tomo I. Instituto Caro y Cuervo. Bogotá. 1973.
  • RODRÍGUEZ GÓMEZ, Juan Camilo. Tesis del primer Externado 1886-1895. Universidad Externado de Colombia. Bogotá. 2011.
  • SILVA, Renan. Universidad y Sociedad en el Nuevo Reino de Granada. Banco de la República. Bogotá. 1992.
  • UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA. Centenario del Fallecimiento de Nicolás Pinzón Warlosten. Bogotá. 1996.
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