La escurridiza lealtad de las palabras

El profesor Luis Fernando García Núñez de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales, colabora con EL RADICAL para invitar a la comunidad Externadista a preguntarse “¿Cómo apuntar a una conciencia crítica que sea capaz de desentrañar el misterio de las palabras surgidas en un ambiente perverso y malintencionado? ¿Quién escribirá la historia de estos tiempos? Las respuestas pueden ser el inicio de una nueva y vigorosa forma de informar. Nada más y nada menos: escribir es pensar”.

La magia poderosa de las palabras, su espíritu, su dignidad, o su indignidad, son las razones de estas líneas. Es una búsqueda de la medida de sus límites, tan incierta como el casi infinito caudal de sus vigorosos efectos. También el abuso que con ellas cometen quienes tienen el poder de difundirlas, pues muy a menudo intentan constreñir sus significados, enfermar y degenerar su misión, su casi precisa misión. Limitar el uso de la palabra o forzar de ella, y con ella, la altanería, la perfidia, la humillación, la perversidad. Casi como un crimen premeditado, orquestado desde los más sinuosos laberintos de la infamia, a veces con cinismo, como sabiendo de antemano que es difícil, por no decir imposible, borrar el incalculable mal que producen.
Para no ir muy lejos, una especie de reverencial temor infunde en algunos sectores de la sociedad la palabra libertad. Como que sugiere algo más -casi siempre peligroso- de lo que en verdad significa. Esa “facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”, traspasa los hondos afectos de quienes la quieren atar a una relatividad contaminada por el orden, por la disciplina, por la autoridad, como lo hacen quienes quieren minar la libertad de cátedra o de expresión. Tanto como sucede con la democracia, esa “forma de gobierno en la que el poder es ejercido por los ciudadanos”.
Es la feria incierta de los significados, transmitidos por una voluntad férrea, única poseedora del saber, emparentada con el autoritarismo, más cercana a los ladinos sentidos de la tiranía, o del tirano, que es quien “obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a la medida de su voluntad”. Los sentidos están ahí. Se ha edificado la existencia histórica de las palabras, pero el “uso” ha apuntalado una relación reducida con la pragmática y le ha dado o quitado extensión y sentido al discurso. Un sentido, con frecuencia, “provocador”.

 

Contagiar las palabras
Se evidencia una escurridiza lealtad con la palabra, con sus significados, con su historia. Enferman las palabras y las contagian en el discurso, para amañarlo, para tergiversar los contenidos. Los cargan de sentidos ambiguos. Pervierten la palabra, la “moralizan”, la encadenan a sus perversos objetivos. Y la utilizan como testimonio de una justicia aparente, nunca cercana a esa virtud cardinal “que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece”.
Así, el disimulo produce contrastes de valor semántico que luego recoge la historia para encadenar los hechos. De tal forma que, por ejemplo, la presencia del criminal, confeso o no, al lado del dueño de la palabra incita reacciones, desencadena efectos dañinos, trasmuta los signos, les da polivalencias, pasivas o activas, que marcan los atributos manifiestos del discurso, que pierde legitimidad y se enfrenta a una censura general, al silencio o al desprecio. Una cesura del mensaje. Sucedió así con la información surgida alrededor de Gadaffi, el dictador libio, y los dirigentes europeos que lo recibieron por años con tanta pompa y estima. No tuvieron vergüenza en alterar el discurso y bombardear un pueblo para “conquistar” la “libertad” que el tirano había conculcado a los ciudadanos de Libia.
El análisis del discurso plantea, entre otros puntos, la presencia dinámica y compleja de los significados que trasforman los referentes con los cuales se altera la distancia de la palabra con la realidad. Una alteración confinada no solo a los espacios psicológicos de la emoción y del tono -sujetos a la importancia de quien produce el discurso-, sino a los matices significativos del vocabulario. Otro ejemplo es el sugerente discurso sobre la paz, o los comentarios al fallo de la Corte Internacional de La Haya. Las declaraciones de altos funcionarios del gobierno Santos desvirtúan, por ejemplo, la arraigada tesis de que Colombia es un país respetuoso del derecho internacional y de los derechos humanos. Los significados de las palabras sirven para ponerles trampas a los oyentes que no miden esos sentidos ni hacen una relación pragmática con los hechos.
“Vamos a desconocer el fallo de la Corte Internacional”, por ejemplo, parece ser una simple afirmación retórica, construida en un marco de significados que apela al sentido casi siempre desfigurado del patriotismo, aunque se parezca al discurso guerrerista que esos mismos funcionarios critican a otros gobiernos vecinos o a la guerrilla. Las declaraciones, en un sofisma paralelo, entrampan el discurso para desconocerlo desde la óptica impuesta por la retórica demagógica y politiquera. O como una conquista de caudales electoreros, que mudan la dignidad por el orden. Del mismo modo sucede con afirmaciones tales como “la guerrilla no ha cumplido con el cese al fuego”, o “la guerrilla sigue cometiendo actos terroristas contra la población civil”.
Estas oraciones afirmativas pervierten el siempre difuso espacio entre la información y el oscuro sentimiento de las personas. Así, el terrorismo va más allá del sentido de ser una “dominación por el terror” para considerarse una razón para arrasar, matar y destruir; aunque pierde la fuerza específica cuando los “terroristas” son otros, por ejemplo, unos agentes del Estado. El terrorismo se remplaza por el eufemismo falso positivo, que manifiesta, en forma suave o decorosa, un crimen tan violento como el que cometen los guerrilleros o los paramilitares. La incoherencia del discurso transforma los significados y destruye las relaciones normales entre la palabra y la acción.

 

El poder incierto de la palabra
Después del 11 de septiembre de 2001 el gobierno de Estados Unidos y sus aliados realizaron actos terroristas, tan condenables, o más, que los efectuados en esa aciaga fecha. Tenían el poder de la palabra, el dominio casi exclusivo de su difusión. Instrumentalizaron desde la esfera de su potestad un lenguaje acorde con sus criminales propósitos y arrasaron, a su acomodo, pueblos completos de Irak o de Afganistán. Construyeron su justificación desde una premedita y conocida mentira y asesinaron con sevicia, cometieron un genocidio de inmensas proporciones, pero diez años después persiste, en algunos sectores, una sensación de justicia, dada por la dinámica que le impusieron al discurso guerrerista, y disimularon con eficacia la falsedad.
Aquí la palabra dilató los marcos referenciales, superó la realidad extralingüística a la que deben remitir los signos, y mantuvo un imaginario que se refuerza con fotografías montadas desde los centros de producción de la información, que las divulgan sin ningún escrúpulo, o las descartan, según les convenga. Los millones de imágenes de las torres gemelas impactadas por los aviones han recorrido el mundo sin ninguna tregua, pero otras impactantes, y no menos perversas, de la intervención en Irak o en Afganistán, han sido casi que borradas por esos mismos medios. ¿Cuántas fotografías tenemos de la prisión de Guantánamo, circulando todos los días por los medios?

 

La palabra sometida
Un exacerbado miedo al cotejo entre la palabra y “la realidad”, descarta que los medios contrasten la lealtad de la palabra con los significados existentes, sin importar la polivalencia de esos significados, para recuperar, en alguna medida, la porción de credibilidad que quisiéramos tuvieran los discursos oficiales. No habrá una política contra la corrupción, ni se hará efectivo el castigo contra muchos delincuentes, porque siempre habrá una supremacía de la palabra del poderoso sobre la del débil. La lealtad de la palabra está sometida a la falacia del discurso, a la retórica oculta, a la trasgresión del tono, a la presunción de ingenuidad, a la fuerza de los gestos, a las sutilezas y a los intereses mezquinos de emisores y receptores, a los medios por los cuales se transmiten las defensas y los ataques. Ni la justicia, ni la dignidad, ni la ética, son posibles ahora. Mientras tanto la discusión se endurece con términos tan maliciosos como la libertad de prensa o de expresión, tan exigidos a algunos y tan huidizos y adaptables para quienes se consideran paladines de la democracia, como quienes son artífices de la Sociedad Interamericana de Prensa, por citar un caso emblemático.
Preciso será, entonces, medir los sentidos de palabras cuya audacia genera tanta incertidumbre. Se requiere la clave exacta para un análisis crítico del mundo moderno, sobre todo de quiénes son sus comunicadores, los dueños del discurso y de los canales, los detentadores del poder que sugieren los significados, que engañan con sus voces, con sus continuas peroratas, presentadas en los medios, difundidas hasta la saturación o acalladas hasta la afrenta, potenciadas por las imágenes que conturban la esencia misma del alegato. Allí el ritmo de los argumentos se desvanece, pierde fuerza y solo queda la imagen del vencedor.
Un prototipo muy actual son las respuestas oficiales a los escándalos de corrupción que enlodan al PP en España. Se descargan las culpas en el tesorero del partido, pues lo hacía siempre a las emblemáticas espaldas de una dirigencia hábil en la adulteración de sus complicidades, que aprovechan su ilimitado poder mediático para lavarse las manos, para salir airosos de la acusación: “no sabían”. Como lo hace con un exasperado cinismo la dirigencia del PSOE. O algo así como la foto de Obama disparando un fusil, mientras pedía una ley contra el libre porte y compra de armas, pero con el argumento peregrino de que un buen patriota debe saber cómo defender al país.
Los medios están ahí. Su poder de cobertura es irrebatible. Pueden estar en todas partes y a toda hora. Y tienen la palabra, la escurridiza lealtad de los significados, la complejidad misma de su “orientación” y la falaz ayuda de la imagen. Además, tienen las fuentes “oficiales”, las únicas creíbles.

 

Dos preguntas para concluir

  1. ¿Cómo apuntar a una conciencia crítica que sea capaz de desentrañar el misterio de las palabras surgidas en un ambiente perverso y malintencionado?
  2. ¿Quién escribirá la historia de estos tiempos?

Las respuestas pueden ser el inicio de una nueva y vigorosa forma de informar. Nada más y nada menos: escribir es pensar.

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