¿Profesores irrelevantes?

¿Profesores irrelevantes?

Por: Néstor Osuna.
Profesor ordinario de la Universidad Externado de Colombia.

1. Automatización

A finales del año pasado, un buen amigo mío, el profesor peruano César Landa, divulgó en sus redes sociales una foto tomada en un congreso de derecho constitucional en la China, en la que junto a él aparecen un catedrático de la Universidad anfitriona y su asistente. La imágen no llamaría la atención salvo por el detalle de que el docente asistente es un robot. El aparato es capaz de hacer presentaciones sobre temas jurídicos, responde preguntas de los estudiantes, procesa muchísima más información de la que puede abarcar un cerebro humano, combina estrategias pedagógicas que difícilmente podría conocer un solo jurista, y por supuesto, no tiene reivindicaciones salariales ni es crítico del sistema universitario. Su precio es similar a lo que cuesta una beca para formar un Doctor en ciencias sociales en una Universidad europea.

Néstor Osuna, profesor ordinario de la Universidad Externado de Colombia.

2. Despersonalización

Cada vez son más frecuentes los cursos cortos, de no más de veinte horas de clase, ya sean “asignaturas” de posgrado, o “módulos” (horrible palabro) en el pregrado. Los estudiantes ven pasar por sus aulas un elenco muy numeroso de docentes, normalmente competentes y juiciosos, de quienes después de terminado el año difícilmente recuerdan el nombre o los temas que trató. Los profesores tampoco recuerdan quiénes fueron los alumnos. Para completar el círculo, la Universidad cuenta con una amplia gama de maestros disponibles para un mismo curso. Si alguno tiene un problema de horario, deja ver alguna vanidad o simplemente no contestó al teléfono cuando lo llamaron, pues se le avisa a otro y ya.

3. Estancamiento

La tecnología está cambiando el mundo a una velocidad que las universidades no han asimilado. La formación universitaria está siendo suplida por una educación técnica más o menos informal, flexible y casi siempre computarizada, y frente a ello las Institución de Educación Superior permanecen aferradas a sus tradiciones, haciendo prácticamente lo mismo desde hace un siglo, así ahora manejen la información en computadores. “La docencia es el arte de repetir”, me decía hace años un colega que estaba en la cima de la reputación académica, mientras yo iniciaba la carrera docente. Hoy creo que tenía algo de razón, pero solo cuando no existía internet ni inteligencia artificial, y cuando tampoco había llegado a las universidades la heterogeneidad fracturada de la sociedad de nuestros días.

Automatización, despersonalización, estancamiento. ¿En qué quedamos los profesores ante ese panorama? ¿Fichas reemplazables por un colega que tal vez hayamos visto solo un par de veces, o por una máquina mucho más eficiente que nosotros para manejar información? ¿Cuál es la utilidad social del “arte de repetir”?

Estoy convencido de que estos desafíos se pueden responder, sin pesimismo, dejándole a las máquinas lo que hacen mejor y concentrando la docencia en aquello para lo que los profesores universitarios podemos ser especialmente buenos: derrumbar dogmas, despertar el espíritu crítico de los estudiantes y de la sociedad, señalar las injusticias de nuestros tiempos y buscarles alguna solución, abrirle perspectivas intelectuales a los que pasan por las aulas, ser rigurosos, correctos y empáticos. En tres palabras: enseñar a pensar.

En mi recorrido universitario pasé por algunos profesores irrelevantes, eso es inevitable, pero declaro con orgullo estar hecho del material que abrieron para mi mente varios maestros sin los cuales no me reconocería. Algunos ya fallecieron, otros aún viven, y a todos les tengo afecto y gratitud eternas. Ellos saben quiénes son.

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